Moon Child
Confessions under the moonlight
17 de marzo de 2017
Cuando el fuego arde… arde hasta morir
Busqué durante tanto que me quedé dormida, exhausta y dolorida entre los brazos del tiempo. Pasaron tantos días, tantos meses, tantas sonrisas y nunca conseguí encontrar lo que buscaba.
Renegué de todo.
Me senté y esperé.
¿Qué esperaba? No lo se, quizás un milagro, quizás un encanto, quizás no esperaba nada. Abracé ese momento como si nada más importara, estaba tranquila, estaba cansada; puede ser que el motivo de mi rendición fuera ese mismo, el cansancio, el dolor… el aburrimiento de una vida insulsa donde no parecía encajar en ninguna parte.
Miraba a lo lejos, cada noche, cada mañana… miraba al horizonte con la mirada perdida, mirándolo todo y a la vez mirando nada.
Y así fue, en mi momento más plano, en época más lineal, cuando ya me había acostumbrado a la soledad, cuando había sido capaz de encontrar la calma y mi paz, ahí fue cuando miré de cerca y vi un rostro que guardaba un misterio en cada una de sus pecas. Un lobo. Un hijo de la luna. Un alma antigua en un tiempo que no le correspondía.
Quise recorrer, desde un primer momento, ese rostro, ávido de tiempos mejores, hambriento de noches de luna llena… pero la calma de esta loba solitaria no me dejó dar pasos hacia delante pero aquel día no pude evitar lo que por destino o por casualidad, o quizás por decisión tenía que pasar.
Y como si de brujería se tratara, aquella boca desgarradora se transformó en un beso sin igual. Quizás fue la luna o que se yo, quizás fue que aquella sonrisa era la indicada, pero sólo se que ahora lo único que quiero es dejarme arder entre las llamas.
No se si saldré malherida otra vez, y tendré que volver a esconderme en el bosque, no se si ellas llamas son reales o tan artificiales como el pasado que me ataca alguna noche, cuando más débil estoy, pero se que no me había sentido así desde hace años, se que todo el camino recorrido tenía que llegar a un final pero no pensaba que ese final fueran esos ojos de fuego, esos ojos que queman con sólo verlos, o esas manos, esas manos que me hacen estremecer el cuerpo entero.
Puede ser que me tire de cabeza y que después tenga que volver a lamerme las heridas pero puede ser, también, que esta vez duerma, por fin, tranquila, en el regazo salvaje de una de las más bonitas criaturas.
